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lunes, 27 de julio de 2026

El espejo roto de Barinas: ¿Por qué nuestros jóvenes confunden poder con impunidad?

 El espejo roto de Barinas: ¿Por qué nuestros jóvenes confunden poder con impunidad?

El video duró apenas unos segundos, pero su eco desnudó una realidad de años. Cuatro jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES) en Barinas, portando insignias del Estado, una botella de whisky Buchanan's y un lenguaje impregnado de prepotencia, celebraban su futuro en el cuerpo policial. Las consecuencias institucionales fueron inmediatas: expulsión irrevocable. Sin embargo, apagar la cámara y firmar la baja de estos muchachos es la salida más cómoda para una sociedad que prefiere satanizar el síntoma antes que diagnosticar la enfermedad.
Este texto no busca ensañarse con cuatro nombres particulares. Busca ir más allá. Lo ocurrido en Barinas no es un hecho aislado; es el reflejo de un espejo roto que nos muestra en qué se ha convertido el modelo de éxito, poder y respeto en la psique del joven venezolano contemporáneo.
El trastoque del modelo de éxito: El "Pranato" como aspiración
La carencia de respeto por las autoridades en Venezuela no nació ayer; tiene una larga y compleja data histórica. No obstante, en las últimas décadas, el colapso de los referentes morales aceleró una mutación devastadora. Los antiguos modelos de prosperidad dentro de las comunidades —el educador, el médico o el detective civil de la vieja escuela (aquella mítica PTJ de investigación científica)— dejaron de ser atractivos. El vacío fue llenado por la estética del "Pranato", las series de corte carcelario y una apología digital a la delincuencia.
Para un joven que crece en una realidad precarizada, el modelo de triunfo que bombardean las plataformas digitales es el del criminal que alza con orgullo las armas, las motos y el dinero rápido. En un entorno donde los delincuentes son vistos como la verdadera "fuerza del momento", el estudio y el trabajo honesto pasaron a ser concebidos, erróneamente, como el camino de los débiles. El uniforme policial, entonces, deja de verse como un sacerdocio de justicia y comienza a codiciarse bajo una premisa perversa: el acceso a los mismos privilegios e impunidad delictiva, pero con el respaldo de una chapa.
El mito de la letra muerta: La ley existe, pero no se internaliza
Quienes intentan matizar el comportamiento de estos estudiantes bajo la excusa de la "vida privada" o la informalidad de las redes sociales, chocan de frente con un muro jurídico que muchos ciudadanos desconocen. El código ético y legal que regula la función policial es categórico las 24 horas del día.
La imagen de los reglamentos institucionales nos recuerda con claridad tres mandatos fundamentales:
  • El Artículo 54 obliga a los funcionarios a exhibir una actitud personal que fomente las normas morales y altruistas para el sano desenvolvimiento social.
  • El Artículo 56 sepulta la excusa del tiempo libre, dejando claro que el deber de actuar y mantener la compostura se mantiene firme "aún si se encuentra fuera de servicio".
  • El Artículo 58 prohíbe de forma taxativa conductas que atenten contra el prestigio institucional en "medios de difusión oral o escrita", una categoría donde encajan perfectamente las redes sociales hoy en día.
La ley escrita existe y es estricta. El verdadero drama es que estos artículos se han convertido en letra muerta. No se internalizan en las academias porque el entorno exterior grita lo contrario. Cuando el aspirante ve que en los precintos desfilan carros último modelo inexplicables y que el poder de la placa se traduce en el "matraqueo" cotidiano para sobrevivir a la precariedad material, la doctrina del aula se desvanece ante el pragmatismo de la calle.
El desgaste histórico y la psicología del compadrazgo
La cinematografía nacional ya advertía este quiebre desde el siglo pasado. En la obra maestra de Román Chalbaud, El pez que fuma (1977), ya se retrataba con crudeza cómo los sistemas policiales convivían de forma natural con los bajos fondos. El desgaste de la credibilidad policial se fue abonando con los años a través de los excesos de la antigua Policía Metropolitana, la Guardia Nacional o episodios oscuros como el del Grupo GATO de la PTJ en los noventa. El ciudadano venezolano aprendió, por instinto de conservación, a temerle al uniforme en lugar de respetarlo.
A esto se suma un factor psicológico y antropológico clave: nuestra idiosincrasia folclórica basada en el amiguismo y la relajación. Otra película referencial, Punto y Raya (2004), ilustra de forma magistral este contraste al proyectar la rigurosa doctrina militar colombiana frente a la viveza criolla y el compadrazgo venezolano. En nuestra cultura, el policía es visto como el amigo al que se le pide un "favor" para evadir la ley, activando el destructivo "ayúdame ahí".
Alguna vez se ha planteado desde la psicología institucional que el investigador criminal debería carecer de amistades en su entorno operativo, una noción de "soledad procesal" que busca preservar la pulcritud de su trabajo. Cuando el amiguismo se impone, la justicia se diluye.
Del "Cangrejo de Oro" al uniforme como accesorio de ego
La gran paradoja del caso Barinas radica en que los involucrados pertenecían a la mención de Investigación Penal. Al analizar el panorama con estricta objetividad, descubrimos que el motor de estos jóvenes no es necesariamente una inclinación delictiva planificada, sino un profundo vacío de valores canalizado a través del narcisismo. El joven actual anhela ser Policía o ingresar al CICPC obsesionado con la idea de obtener control, estatus y poder inmediato sobre los demás.
Basta observar la dinámica de las calles y las redes para ver cómo se pavonean con el uniforme. No lo portan con el peso de la responsabilidad civil; lo usan como una prenda de lujo, un accesorio estético equivalente a lucir cadenas de oro para gritarle al entorno: “Yo soy el mejor, a mí nadie me detiene, yo detengo si me pongo bravo y nadie se mete conmigo”. El uniforme se convierte en un escudo de invulnerabilidad personal, en una licencia para la prepotencia y el desprecio al ciudadano común.
Para contrastar el peligro de esta mentalidad desbocada, la historia de nuestra crónica roja nos ofrece dos caras de una misma moneda institucional:
  • La mística del deber: El Caso Ballarales (1984). En la época dorada de la criminalística venezolana, el orgullo del detective radicaba en una dimensión totalmente opuesta: en su intelecto y su mística de cuerpo. Cuando el Inspector Jefe de la PTJ, Luis Alberto Ballarales Buitrago, fue asesinado, la institución entera se volcó con rigurosidad científica para esclarecer el crimen. Aquella policía, inspirada también en las memorias del Comisario Fermín Mármol León, entendía que el verdadero poder se demostraba doblegando al hampa mediante la ciencia forense, la lealtad a los caídos y la pulcritud de la lógica penal.
  • El uniforme como trampa: El Caso de los hermanos Faddoul (2006). En el polo opuesto, la historia nos recuerda de forma devastadora lo que ocurre cuando el uniforme cae en manos de quienes solo buscan control e impunidad. El secuestro y posterior asesinato de los tres adolescentes y su chofer conmocionó al país al descubrirse que funcionarios activos de la Policía Metropolitana usaron sus uniformes y chapas para montar una alcabala falsa y ejecutar la captura. No era una banda común; eran hombres con poder legal actuando bajo los códigos del hampa, demostrando el rostro más oscuro del "malandro con uniforme". 
El dilema de fondo, la verdadera pregunta que debemos hacernos como sociedad ante el video de los estudiantes en Barinas, radica en la mística: ¿Cómo dejamos que esto pasara? ¿En qué momento permitimos que la formación de un servidor público se degradara hasta convertirse en una fábrica de egos uniformados que ven la autoridad no como un sacerdocio de protección ciudadana, sino como un juguete de control para el beneficio y el lucimiento propio?
Sanear la institución y rescatar la mística
1. Desvincular el Uniforme del Ego: Pruebas de Filtro Narcisista
  • El primer paso para quitar el "uniforme como cadena de oro" ocurre en la captación. Hoy en día, los exámenes psicológicos de los institutos policiales se enfocan en descartar psicopatías severas, pero ignoran los rasgos de personalidad narcisista, la necesidad patológica de control y el ansia de figuración digital.
  • Se deben implementar filtros conductuales estrictos que reprueben de inmediato a cualquier aspirante que demuestre ver la placa como una herramienta de estatus social, superioridad o impunidad personal. Si el examen detecta que buscas el uniforme para "pavonearte", quedas fuera.
2. Romper el "Compadrazgo" mediante la Soledad Procesal y la Rotación
  • Para combatir nuestra idiosincrasia del amiguismo y el "ayúdame ahí", la estructura interna debe obligar al aislamiento profesional. Los funcionarios de investigación penal no deberían operar de forma permanente en las regiones donde crecieron o donde tienen lazos familiares y de amistad profundos.
  • La rotación geográfica constante y la creación de unidades de asuntos internos blindadas, anónimas y centralizadas rompen las redes de complicidad local. El funcionario debe entender que su única "amistad" y lealtad permitida dentro de las horas de servicio es con la ley y el expediente.
3. Dignidad Material Obligatoria: El fin del "Matraqueo por Supervivencia"
  • Es imposible exigirle valores éticos absolutos a un funcionario que no puede pagar la cesta alimentaria o el transporte a su comando. La mística no se alimenta de aire. Sanear la policía exige una reestructuración salarial indexada y un sistema de seguridad social real (vivienda, salud, educación para sus hijos).
  • Solo cuando el policía tiene algo valioso que perder (un buen sueldo, una jubilación digna, el respeto de su familia), cuidará el uniforme. Si el Estado no financia la dignidad del policía, el policía financiará su día a día a través de la extorsión al ciudadano.
4. Sustituir el Modelo del "Pran" por el del "Científico Forense"
  • Para generar conciencia en una sociedad que idolatra la cultura carcelaria, el pensum de estudio debe dar un giro de 180 grados. Hay que desmilitarizar la mente del investigador penal. El estudiante de criminalística no debe ser formado bajo la premisa de "someter por la fuerza", sino bajo el orgullo del método científico.
  • Hay que reintroducir el valor del intelecto, la informática forense, la reconstrucción analítica y la pulcritud jurídica. Cuando el aspirante comprende que el verdadero respeto en el gremio se gana descifrando un caso complejo mediante la inteligencia (como en el caso Ballarales) y no exhibiendo armas o botellas en TikTok, el antivalor empieza a perder terreno.
5. Educación Ciudadana: Dejar de alimentar al monstruo
  • El saneamiento es de doble vía. La sociedad venezolana debe dejar de ser cómplice de su propia degradación. Cada vez que un ciudadano prefiere pagar un "monstruo" (soborno) en una alcabala para saltarse una norma en lugar de asumir la sanción legal, está validando que el uniforme es una mercancía. Generar conciencia implica entender que la justicia no es algo que se le exige solo al que lleva la chapa; es un ejercicio cotidiano que empieza por el respeto propio a las leyes civiles

"Sanear nuestras instituciones no es un problema de decretos ni de discursos políticos; es una cirugía a corazón abierto en nuestra propia cultura. Las personas que sustituirán a los expulsados de hoy vendrán de las mismas calles y de los mismos barrios. Por eso, el cambio no comenzará vistiendo de azul a miles de jóvenes desempleados, sino cambiando radicalmente lo que significa tener poder en Venezuela. Mientras sigamos aplaudiendo la viveza criolla y midiendo el éxito por el nivel de impunidad, el uniforme seguirá siendo solo una prenda de lujo para el ego. La mística no se compra en una tienda; se construye cuando el conocimiento desplaza a la chapa, y la decencia se vuelve más rentable que la extorsión."

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